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Escrito por: Trilce O

El pequeñito Silver Bullet de Babeland, que me acompañó durante dos años, sacó la mano, sin previo aviso y sin daño aparente. Su colita de cable negro parecía seguir fuertemente atada a su rechoncho cuerpecito plateado. no hubo olor a chamuscado y cuando mi último recurso de apagarlo, dejarlo descansar y meterle baterías nuevas falló, me quedé en la cama, con una mezcla entre la frustración de irme a trabajar sin por lo menos un orgasmo y la tristeza de que el fallo general de mi vibrador hubiera sido culpa mía.

Mi querido bullet, el que con tan sólo $18 de precio me llenaba la vida de un (o unos cuantos y subsecuentes) momentos de intenso placer desde que mi ex novio se fue de vacaciones a Colombia un par de meses, hace dos años, me había abandonado, y si el hecho en si es una tragedia, se intensifica aún más cuando me hace recordar que soy soltera, y (¿por qué?!) había decidido permanecer así un rato.

Para nada estoy diciendo que la masturbación sea exclusiva de las mujeres solteronas (vaya estereotipo tonto) porque los dichosos aparaticos se disfrutan plenamente entre dos. Sin embargo, si estás soltera y no te estás masturbando (con vibrador o sin él) no se qué estás haciendo. Yo juro que el bullet me hacía creer en la adicción, sino al sexo, a los orgasmos.

Yo he ensayado muchos juguetes sexuales en la vida, sola y en pareja, pero hasta ahora no he encontrado nada igual a mi chiquitín. Hay mujeres a las quienes les gusta más los consoladores, pero a mi esos no me hicieron más que agotarme la mano. De alguna forma siempre hice la analogía entre los penes de silicona y hacerse cosquillas a uno mismo. Otras chicas prefieren los vibradores que estimulan el Punto G, como el mega famoso Bunny (cuyas orejitas se encargan del clítoris mientras la cabeza del pene se encarga de las “entrañas’) quien también es amigo mío.

Para mi, no había nada como mi bullet. Con todo y lo ruidoso, mi balita tenía el poder suficiente de darme un orgasmo en 5 minutos, como casi ninguno de mis compañeros sexuales, en la comodidad de “donde se me diera la gana” y a tiempo para salir a la oficina despierta y llena de energía.

Se murió el enano, después de dos años de labor cumplida, y cuando, dos días después, la queridísima vendedora del Babeland en Soho quiso sugerirme que comprara el Tango de We-Vibe $79.99 (mucho más discreto, en colores llamativos y con aparente buen poder) le dije “muchas gracias pero me llevo mi bullet, mejor bueno conocido que buenísimo por conocer”.

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