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Escrito por: Trilce O

Hasta aquí llegamos, final, final no va más. Darle fin a una relación (por descabellados y válidos que parezcan los motivos) nunca es fácil, quien se aleja de quien alguna vez fuera “la luz de su vida” sin voltear a ver, nunca amó realmente o es de esas raras especies humanas que funciona normalmente sin corazón. Tu otra mitad se fue, y lo extrañas profundamente, por lo menos eso crees.

Decir adiós duele: los planes de vacaciones para el otro año se van para el carajo, de la mano con la nueva casa que iban a compartir y en casos avanzados los tiernos niños que iban a criar juntos. La sensación de soledad y el cambio drástico en la rutina se clavan como aguijones en el alma, y las noches llegan como recordatorio de que TODO el universo está siendo feliz con su pareja, menos tú que perdiste al “amor de tu vida”.

Lo extrañas, no hay más que decir. Te hace falta su particular forma de coger la cuchara, sus mañas, su tono de voz, su abrazo, su consejo, su sexo. El dolor es tan fuerte a veces que piensas que no hay forma posible de que lo superas o de que logres vivir sin él. Stop! No es a él realmente a quien extrañas, sino a la idea de lo que querías que fuera.

No es que seas demente, del todo, él te ayudó a fabricar la maravillosa imagen de quien era. En el principio de la relación cuando te llamaba constantemente, cuando se abrió a ti y te confió secretos íntimos, cuando pareció ser el completo opuesto a tus relaciones anteriores, cuando te prometió todo eso que tu corazón anhelaba, aún sabiendo que no tenía la intención de cumplir su promesa, ayudó a creyeras que él era the one.

En medio del duelo por una relación que acabó, es fácil dejarnos llevar por las fantasiosas ideas de la magnifica persona que fue tu ex, olvidando los motivos mismos que hicieron que dijeras ya no más. Una canción, una película, una calle son suficientes para mandarte en el espiral sin sentido “lo amas, lo extrañas, cómo vas a vivir sin él”. Es tu negación a ver que te aferras a un fantasma, a una idea lo que impide que sigas adelante. Insistes en decir que amas a alguien que ya no es parte de tu vida, e insistes en recrearlo mentalmente como un príncipe cuando en realidad era un pelmazo.

Sabes perfectamente que no tiene sentido esperar a que él “cambie”, “recapacite” y se de cuenta de lo valiosa que eres para él, como tampoco tiene sentido pretender que serán los mejores amigos de ahora en adelante. Si el fulano te hirió, profunda y repetitivamente ¿por qué lo querrías en tu vida, incluso como amigo? Y más allá, siendo realistas ¿qué es lo que extrañas tanto?

La soledad puede dar pánico, la idea del fracaso nos carcome, pensar que nunca volveremos a enamorarnos nos hiere, pero en medio de todo sabemos que el dolor que sentimos pasará (como todo en la vida) y que sea como sea, estar solas es mejor que estar junto a alguien que nos hizo tanto daño.

El problema de muchas de nosotras es que nos enamoramos del potencial y seguimos agarradas de eso, aún cuando él ya no está. Cuando dejara de beber serían la pareja perfecta, cuando madurara y dejara de ser infiel podrían tener una relación más estable, su crianza tenía la culpa por su manera disfuncional de mostrar afecto pero ya le enseñarías tú lo que es el cariño verdadero. Todas son mentiras, esperanzas disfrazadas que nos decimos a nosotras mismas. ¡Despierta! Todos nacemos con inmenso potencial en la vida, pero es la responsabilidad de cada uno ver cómo lo desarrollamos. De fracasados con mucho potencial está lleno el mundo.

No estoy diciendo que tu relación no haya sido real, la viviste, por lo tanto lo fue, pero el hombre al que dices amar no es más que una idea de lo que pudo ser y no fue. Extrañas la idea de este maravilloso compañero que construiste en tu cabeza. Ignoras, como lo hiciste durante la relación, todo lo malo, para agarrarte firmemente de las fracciones de bueno. Cuando las imágenes de dolor y decepción llegan a tu cabeza, proteges tu estadio de dolor reemplazándolas con su imagen sonriente, con su abrazo cálido, con su palabra de aliento. Lo que extrañas, entonces, no es a él, sino a la imagen idílica que construiste de quien era.

La única forma de que dejes de “extrañarlo” es entender que él nunca estuvo allí realmente.

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