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Escrito por: Trilce O

“Si no puedes con tu enemigo, únetele” es de esas frases de cajón que he escuchado mil veces en mi vida, sin que jamás tuvieran el más mínimo sentido, hasta que, como todo en la vida, lo tuvo. Todos tenemos miedos, consientes o inconscientes, y hace un poco decidí dejar de pelear con los míos y hacerme más bien su amiga.

Aunque lo veamos como el peor de los parásitos emocionales, el miedo es, en realidad un efectivo mecanismo de auto defensa que nos alerta sobre posibles peligros y nos ayuda a estar listas para enfrentarlos. Por ejemplo, entrar en un callejón oscuro a altas horas de la noche activa de manera automática el miedo. Como resultado nuestros sentidos se agudizan, producimos adrenalina y nuestro cuerpo se prepara para correr (más allá de su propio límite) de ser necesario. El miedo emocional, sin embargo, es el mastodonte ese que se para entre nosotros y nuestros deseos y sueños, convirtiéndos en ratoncitos asustados e indefensos que huimos a escondernos en nuestro agujero.

Mi miedo tiene cara de ballena. Un mamífero enorme pero increíblemente silencioso que se paraba con expresión simultáneamente coqueta y amenazante, mi propio mastodonte nada enfrene a la puerta que da a mis sueños. Muchas de las personas que conozco le tienen un miedo profundo al fracaso, en mi caso, el miedo era igualmente fuerte cuando pensaba en el éxito. Además de los miedos profesionales, mi ballena ha temido que me rompan el corazón, que no me acepten, que no llegue a oír la risa de mi hijo o hija. El día que me animé a levantarme de la silla de mi empleo anterior, con el único deseo de perseguir mi sueño como escritora, entendí, que mi ballena sólo necesitaba cariño y un poco de comprensión. Ese día decidí hacerme amiga del miedo.

Llevo seis meses estrechando mi lazo de amistad con mis miedos, lo cual para nada significa que he dejado de tenerlos, sólo trato de entenderlos. Cuando mi ballena se alborota e hincha su pecho para verse más amenazante, no intento patearla o ignorarla, sino que me acerco a ella para tratar de entender qué le incomoda. A veces le doy su espacio, cuando siento que lo necesita, sin presiones ni cuestionamientos, hasta que ella misma se tranquiliza y me deja pasar; a veces le doy un par de palmadas en el lomo y le recuerdo que pase lo que pase voy a estar bien; a veces le susurro palabras en el oído y le recuerdo de las tantas veces que se enfurruscó por nada, de las tantas veces que lo hemos logrado; a veces incluso me subo a su lomo y dejo que me lleve en un paseo alborotado hasta que se cansa y se queda dormida; incluso a veces se que lo mejor que puedo hacer es escuchar su advertencia.

Desde que decidí hacerme amiga de mis miedos regresé a vivir sola, dejé de esperar a que un hombre me comprara flores y comencé a comprármelas yo misma, he aprendido a decir “gracias” cuando me dan un cumplido- en vez de cuestionar por qué lo hacen, luché hasta que conseguí un trabajo que me encanta, me he abierto a la posibilidad de viajar sola y me he abrazado sana y tranquilamente a la maravillosa opción de amar.

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